Rafael de Paula
Por Felipe Benítez Reyes
Rafael de Paula se ha ido del toreo del mismo modo en que ha estado durante más de cuarenta años en el toreo: de un modo improvisado y trágico, desgarrado y pasional, con esa dignidad en carne viva de los perdedores. Se ha ido de los toros en medio de un arrebato, porque su vida profesional no ha sido otra cosa que eso: un arrebato milagroso, la extraña religión estética de un hombre aterrado del poder de los dioses y de los duendes, los malos y los benéficos. Rafael de Paula se ha ido porque se puede luchar contra los toros, pero no contra el tiempo, aunque el ha conseguido del tiempo una prorroga no menos inexplicable que temeraria. En su lucha contra el tiempo Rafael de Paula ha tenido que luchar además contra los públicos atroces, periodistas amarillentos, contra los empresarios gansterizados…y contra sí mismo tal vez, porque el principal enemigo siempre lo llevamos dentro.
En nuestros días, un matador de veinte años se lástima un poco el dedo de un pie y se retira durante meses a una finca de alcornocales para recuperarse plenamente. Con sus rodillas rotas en pedazos, Rafael de Paula se ha puesto durante años y años delante de los toros con la sola defensa de su anómala sabiduría, de su instinto oscuro, de sus muñecas lentas y barrocas. ¿Esos célebres miedos de Rafael de Paula? No es más valiente quien menos miedo tiene, sino aquel que, aun estando muerto de miedo, lleva a cabo faenas de valiente.
Con sus piernas de trapo, con sus rodillas convertidas en una chatarrería gracias a la cirugía experimental de los años 70, Rafael de Paula ha sido el toreo más portentoso, más imprevisible, más excéntrico, más desvalido y más hondo de cuantos ha visto uno en lo que lleva de vida y tardará mucho en nacer-si es que nace- alguien que lleve el oficio de torear a dónde él lo ha llevado: al territorio de la pira especulación artística, al ámbito irreal de los arquetipos , al grado de la ensoñación inexplicable.
Con su toreo de sonidos negros, con su toreo de concepción única y enigmática, Rafael de Paula ha ido siempre, en vaivén, de la gloria al fracaso, porque su apuesta era esa: o todo o nada. La perfección o el desorden. El milagro o el vacío.
Rafael de Paula, hace apenas unos días, fue vencido por el tiempo, cómo lo seremos todos más tarde o más temprano. Tenía que matar dos toros, pero comprendió que lo más lógico sería que cualquiera de esos dos toros lo matara a él.
Rafael de Paula, en fin, no ha entrado ya en la historia del toreo, sino en la leyenda del toreo, en ese espacio mítico reservado a quienes logran convertir las leyes de una arte en una ley propia. Un arte sanguinario y tragicómico, en este caso, convertido en un juego de embriaguez dinoisíaca y de sereno, aplíneo horror.
Rafael de Paula se ha ido. No pudo matar sus dos toros, en Jerez, y se arrancó la coleta sin ceremonias emocionales, sin protocolo, sin pensarlo. Con los ojos llenos de lágrimas, con lágrimas de artista valiente y herido en su ser, derrotado por el tiempo, se fue al callejón a matar su pena intensa, si es que la pena inmensa tiene muerte.
Rafael de Paula se ha ido, pero su leyenda no ha hecho más que empezar.

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